Archivado en: sociedad | Etiquetas: chile, concertación, gobierno, jurel tipo salmon, terremoto

Todo iba bien hasta las 03:34 del sábado 27 de febrero. La tierra, como pocas veces, se movió con fuerza bajo nuestros pies. La zona más poblada de Chile se venía literalmente al suelo y la costa era arrasada por tres olas de un tsunami. Chile, la Suiza de Sudamérica, el único país miembro de la OCDE en la región, el de las cifras sólo comparables con las de naciones desarrolladas, quedaba al desnudo. “El terremoto sacudió el camino de Chile al desarrollo”, afirmó el periódico The Wall Street Journal.
La destrucción no era de extrañar, pero los saqueos vistos en las grandes ciudades a menos de 24 horas del sismo venían a evidenciar que no somos tan jaguares como nos creemos. La demora de la ayuda –que a más de un mes todavía no llega a muchas manos que la necesitan, nos demostró que no somos tan diligentes como nos gustaría. El colapso de modernos edificios (los menos, por cierto), nos enseñó que no hacemos las cosas tan bien como decimos.
Es cierto. Nuestros índices de desarrollo humano nos muestran a la cabeza de los países del barrio y algunos no dudan en decir que no tenemos que compararnos con ellos, sino que hay que mirar a naciones como Nueva Zelanda o Portugal. Muchos replican esas tesis, pero basta salir a calle, andar en micro o bajar de Plaza Italia, para darse cuenta que todavía falta un gran camino por recorrer para no ser más que el alumno destacado de la clase. No por nada el refrán dice que “en el país de los ciegos el tuerto es rey”. Eso es Chile, un país tipo salmón, que en su carta de presentación dice una cosa, pero que al abrirla es bastante distinta.
Pero no queremos ser tuertos. No. Queremos alcanzar el desarrollo, dar un paso adelante e ir más allá. Es cierto que como sociedad gozamos de más beneficios otorgados por un creciente estado de bienestar que nuestros vecinos, pero el terremoto del 27F nos recordó nuestra molesta desigualdad. Molesta porque es tan evidente que cada día tratamos de obviarla y al final terminamos acostumbrándonos y dejándonos incólumes ante ella. “Crecer con igualdad”, rezaba el eslogan de campaña de un candidato que llegó a la presidencia hace 10 años. ¿Y qué paso? Nada, seguimos igual o peor que antes. Las imágenes de la TV nos hacen conmovernos con el drama humano. Nos sensibilizamos con la señora que no quiso saquear un supermercado y con niños como el Zafrada. Pero así como esos rostros emblemáticos, a lo largo de todo el país hay cientos de miles de otros rostros anónimos que claman por ayuda.
Qué bonito es regalarle un computador al niño de Iloca. “Misión cumplida”, dirán algunos, sin tener real conciencia de la tragedia que azota a nuestro país. Todavía “falta meterse la mano al bolsillo y ayudar, hablar menos y hacer más” me dijo hace un par de semanas el Padre Berríos. Tenía razón. La Teletón es una cruzada loable y noble, pero no suficiente.
Pero así como los que no hemos sufrido grandes perjuicios con este terremoto, el Estado también tiene que ir en ayuda de los miles de chilenos damnificados. Esos que no son de Santiago y que no salen en la tele. Por 20 años se acostumbró a someter a la gente a la dinámica del que “no llora, no mama”, pero en los pueblitos alejados de las carreteras y de las grandes ciudades no hay a quien llorarle. Esta es la oportunidad para que el nuevo gobierno lleve a la práctica su tan repetida frase de campaña: “La nueva forma de gobernar”. Hasta el momento no son muchos los argumentos que sirvan para explicar la lenta distribución de ayuda, pero a la hora de sacar las cuentas, no lo están haciendo mejor que la Concertación, ya que por el momento, sólo podemos que es distinto, pero claramente no mejor.
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